Thursday, January 06, 2005

La Doña

una hoja cae, penduleando, regocijándose al vuelo en un extremo de la oscilación, mortificándose en el otro por la incertidumbre de su destino. Llega al suelo, luego nada. el instante de la caída no volverá. sólo queda recordar, hasta mágica se vuelve la precipitación, aquélla que la llevó al suelo.
Añora el cielo, no debe hacerlo. Estoy en el cielo y en verdad digo, maravilloso suelo, sólo desde él se puede ver el cielo.


...

Es otro día, y la pequeña Pandora no se ha quitado la cajota de cartón de la cabeza, lleva una semana con ella, todos se preguntan cómo es que no se aburre, "todos" son los insectos y gatos de la calle, únicos seres que notan la existencia de Pandora. Ella salta, como hoja al viento, de un lado a otro con su caja, el mundo que tiene dentro de ella es todo lo que necesita, lo que está afuera no importa ni existe. Pasan los años, y sigue dentro de su caja, el mundo cambia, mas ella no, no podría, no sabe hacerlo, sólo se sabe ella, el universo más hermoso.

...

Habiendo escuchado y meditado hasta el cansancio la historia de "la caja de Pandora", Na Tseng Piong decide encerrarse indefinidamente en un ataud de madera que sus discípulos han construído para ayudarlo en sus propósitos meditativos. El plan es reducirse a la inacción hasta crear un nuevo universo donde él y sus allegados más devotos puedan vivir en la dicha eterna.
Día Uno. Sin novedad alguna, el ayuno y el control corporal han ayudado a el gran Piong a no necesitar que la mayor parte de sus órganos funcione, a voluntad durmió gran parte de sus sistema digestivo, cabe mencionar que las ideas se han clarificado, haciéndolo llegar a estados de autocontemplación inéditos.
Día seis. Solamente la mente funciona, Na Tseng Piong ha dejado de percibir para empezar a concebir.
Día diecinueve. Na Tseng Piong ha dejado de ser Na Tseng Piong, ahora es el buen Poncho el cartero, no lo detiene ni la lluvia, ni la nieve, ni la lluvia de fuego, ese que en su recorrido le hace muecas a los niños cuando ningún adulto está viendo.
Día quinientos. Es el comienzo, el comienzo el comienzo el comienzo, es el comienzo el comienzo el comienzo, de la eeeeeera de acuario, de la eeeeeeeeera de peras, de la eeeeeeeeeera del café frappé, los comentarios cínicos y la indiferencia global.
Día quinientos uno. Algo anda mal, creo que Na Tseng Piong se ha vuelto conciente de sí mismo y me ha descubierto, esto es extraño, me encuentraba escribiendo esto, tal como en este momento, y de repente, zaz, que Na Tseng Piong me dice -¡Deja de mirarme!, deja de escribir sobre mí, no te burles más, ¡Tú no me creaste! Porque pienso sé que soy, porque siento sé que existo, porque sé es que sé-.
Día quinientos setenta. -Platiquemos-.
Día seicientos diecinueve. Tseng Piong y un servidor nos hemos hecho grandes amigos, jamás me había sucedido que parte de mí cobrara conciencia y se independizara. Tengo tanta confianza en él, que le he dado la libertad, o la ha tomado él mismo, de convertirse en una mujer castaña, ojigris, delgada, de pechos grandes y caderas prominentes.
Día seicientos veintiuno. Soy una una mujer castaña, ojigris, delgada, de pechos grandes y caderas prominentes. Mírenme todos, háganme ofrendas. Los hombres nada pueden hacer más que rendirse ante mi extrema belleza. Soy yo quien toma las desiciones aquí.
Día seicientos veinticuatro. Nada puedo decir que Tseng no perciba, ha dejado de ser mi amigo, se ha tomado muy en serio su papel de diva y se hace llamar "La doña".
Día setecientos quince. Tras un enorme periodo de sutil reflexión, encontré la forma de dañar a La Doña, ataqué con toda mi fuerza comiendo todo alimento con exceso de calorías que pudiera encontrar, comencé con la reserva de helado napolitano del refrigerador del vecino, luego gasté una fortuna en pasteles truffa, fui a cuatro restaurantes con servicio de buffete y comí toda mantequilla del mostrador del supermercado de confianza hasta que me corrieron de éste. Al parecer mi plan tuvo éxito, he provocado que las caderas de La Doña adquirieran proporciones imposibles, haciendo pedazos su autoestima y destrozando su enorme ego.
Día setencientos dieciocho. Estoy preocupado, La Doña no ha parado de llorar en cuatro días, al parecer la caída fue muy grande, imaginar que estuvo en la cima, y ahora, maldita vida, es un ser horripilante, víctima del consumismo, el sobre peso y los malditos estereotipos estéticos de la sociedad.
Día setecientos veintidos. La Doña permanece inmóvil, mira con extraña fijación las puntas de mis dedos. Me pregunto qué tramará.
Día setecijgdfsa$J&% La Doña, Poncho, Na Tseng Piong, corre haciendo uso de sus muslos grasosos y tobillos hinchados hasta la punta de mis dedos, y se precipita hacia el vacío -Ahhhhhhhhhhh- es su último alarido que resuena con voz gruesa en los extremos de mi ser.
Cae como hoja al viento, pendulea y disfruta los que supone son sus últimos momentos de existencia antes de llegar a un destino incierto, donde podrá ver el cielo que no pudo disfrutar.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home